El lenguaje que utilizamos en una comunidad o país es compartido supuestamente bajo un mismo conocimiento y una muy parecida comprensión. Esa es la teoría. En la realidad esta claro que el uso de ese lenguaje común, queda influenciado por variadas e innumerables influencias: la propia evolución del lenguaje, su variedad en el uso de terminos, el territorio geográfico, el medio ambiente, las costumbres locales, la edad, las relaciones, la propia interpretación y comprensión del individuo, la cultura, el grupo en general…
La comunicación ya de por sí complicada y difícil, dentro de un mismo ámbito por esas variedades globales, viene también alterada por nuestra forma de ser, por nuestra manera de ver las cosas, por nuestro carácter, por nuestro momento, por la situación del instante, por nuestro humor, por nuestra predisposición ante tal persona o tal otra... y así un largo numero de desigualdades que alteran nuestra expresión y comprensión. Un día nos levantamos de mal humor y todo nos molesta, incluso unos buenos días. Otro día amanecemos radiantes como la luz del día y resulta que es a los otros a quienes les desagrada nuestra comunicación. Es realmente complejo establecer una cierta regularidad. No quiero con ello decir que no exista, pero tenemos una tendencia a no encajar todos los humores del día, tanto nuestros como ajenos.
Cuando la comunicación quiere ser clara y concisa, o al menos mantener un mínimo de veracidad en nuestros diálogos, nuevamente nos topamos con la diversidad inevitable entre unos y otros. Lo que para uno resulta incitador, a los otros les produce contrariedad, lo que a unos les entusiasma a los otros les aburre, lo que para uno es la expresión momentánea, el otro lo interpreta casi como una manifestación categórica, y así sucesivamente.
Hay situaciones en las que nos proponemos tener, más que una relación cordial, un intercambio de visiones u opiniones provechosas para ambos interlocutores y entonces puede surgir la contrariedad de la distinta interpretación. A veces pienso que deberíamos establecer unas pautas iniciales para que nadie se llevara al engaño o para evitar posibles confusiones, pero también reconozco que ello sería motivo de cierta pobreza dialogante al estar limitados de antemano, al menos en una situación que debería ser amigable y muy amplia. La riqueza de uno, puede aportar mucho al desconocimiento del otro, tanto como la diversidad de opiniones, sin embargo la valoración de la situación no surge en iguales condiciones para todos. Por decir una barbaridad quizás se debería establecer una especie de consenso donde se indicarían esas mínimas condiciones en igualdad y condición, pero sin duda ninguna, llegar a este extremo en la comunicación personal, haría perder todo el encanto, la frescura y la riqueza del diálogo.
La conversación, el intercambio, resulta a veces difícil y complicado, en ocasiones, incluso desagradable, aunque también es bueno reconocer, que un mal comienzo puede aportar un posterior buen proceso, porque el tropiezo inicial si se esquiva o se supera, sirve para mostrar las tendencias, gustos o preferencias de uno y la forma, el interés o la diversidad del otro. Oportunidades siempre enriquecedoras para todos, y más cuando aportamos a ello nuestros buenos propósitos e intenciones.
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